Estrellas y Borrascas

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Santiago Grisolía "in memoriam"

Con la muerte de Santiago Grisolía desaparece el último representante de la generación de bioquímicos españoles que formó parte de la Edad de Oro de la Enzimología, un periodo de la ciencia mundial en el que se descubrieron los elementos fundamentales de nuestro código genético, con hitos como el hallazgo de la estructura en forma de doble hélice del ácido desoxirribonucleico (ADN). Severo Ochoa (maestro de Grisolía), Joan Oró, Francisco Grande Covián, Alberto Sols y otros grandes de la ciencia española formaron parte de esa élite, en la que Grisolía, nacido en Valencia en 1923 y fallecido en su ciudad natal 99 años después, dejó su huella con contribuciones científicas como el descubrimiento de algunos de los compuestos esenciales del Ciclo de la Urea y una trayectoria de más de medio siglo como promotor y precursor de la investigación científica internacional, en la que dos pilares básicos han sido la fundación de los Premios Rey Jaime I y la coordinación del comité científico de la Unesco para el proyecto Genoma Humano, cuyas reuniones internacionales congregaron en diferentes ciudades españolas, por primera vez en la historia, a numerosos premios Nobel comprometidos en un objetivo común. Grisolía desarrolló en Estados Unidos la mayor parte de su carrera como investigador, pero regresó a España en 1977 (tras varios intentos infructuosos previos) para dirigir el Instituto de Investigaciones Citológicas de Valencia. En el último medio siglo de su vida, además de promover y dirigir numerosos proyectos de investigación, logró dar un vuelco al papel y el protagonismo de la bioquímica y la ciencia española. En 1990 fue galardonado, junto a Salvador Moncada, con el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica. El 6 de enero de 2023 habría asistido a su centenario.

 

FOTOGRAFÍA: Santiago Grisolía (derecha) con Vicente Aupí. Valencia, 1986. Fotografía de Miguel Lorenzo

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Salvemos las noches estrelladas

Credit: C. Mayhew & R. Simmon (NASA/GSFC), NOAA/ NGDC, DMSP Digital Archive

A mediados del siglo XX aún era posible ver la Vía Láctea desde el interior de muchas ciudades, pero actualmente sólo puede observarse ese espectáculo en plena naturaleza. En 1986 la contaminación lumínica también impidió ver el legendario cometa Halley a millones de personas y hoy, en pleno siglo XXI, la realidad es que el cielo nocturno se halla en trance de desaparecer en una gran parte del planeta. Hace cuatro siglos que Galileo hizo los primeros estudios telescópicos, pero él apenas podría realizar sus observaciones bajo el cielo actual, porque se lo impediría una infinidad de luces parásitas. Las noches estrelladas, el firmamento nocturno, la grandiosidad de la bóveda celeste… todo ello supone uno de los más grandes patrimonios de la naturaleza que tenemos, y su pérdida sería uno de los mayores contrasentidos para nuestra civilización, porque el ser humano y el resto de los seres vivos estamos todos hechos de fragmentos de estrellas. Es necesario detener el avance de la contaminación lumínica en todo el mundo, pero en el caso de España estamos ante el paradigma de uno de los países con el mejor cielo nocturno de Europa y en el que, lamentablemente, más han aumentado los focos de polución debido a la ausencia de una ley de protección estatal y de medidas que regulen el alumbrado de manera correcta. Pero no te engañes: no es sólo un problema para los astrónomos, porque el exceso de luces en ciudades y pueblos no sólo nos roba las estrellas, sino que, además, supone un gasto económico inútil para todos los ciudadanos. No se trata de quedarnos a oscuras, sino de usar el alumbrado correcto, que ilumine hacia abajo y permita, al mismo tiempo, conservar el patrimonio natural de las noches estrelladas y reducir el sobrecoste de la factura de luz que supone el derroche de tanta farola sin control.

Cielo y Tierra

Las noches de la Vía Láctea

El firmamento de verano es diferente al de invierno a causa de los cambios de perspectiva originados por el movimiento orbital de la Tierra alrededor del Sol. Ahora, constelaciones tan famosas como Orion son invisibles porque el Sol está delante de ellas, y será necesario esperar hasta finales de julio o principios de agosto para que podamos volver a verla poco antes del amanecer. Con la llegada del verano boreal, la protagonista destacada en el firmamento es la Vía Láctea, nuestra propia galaxia. Es ese trazo blanquecino que cruza toda la bóveda celeste y que, después de la medianoche, se extiende de norte a sur. Desde la latitud de la España peninsular abarca desde Cassiopeia y Perseus hasta Sagittarius y Scorpius, donde se pierde de la vista bajo el horizonte y sugiere la extraordinaria riqueza estelar de las constelaciones del hemisferio sur, no visibles desde las latitudes medias del hemisferio norte. La franja lechosa que vemos está formada por millones de estrellas de nuestra galaxia, que no podemos distinguir individualmente con nuestros ojos y sólo es posible hacerlo con la ayuda óptica de prismáticos o telescopios. La Vía láctea, nuestra ciudad estelar, alberga unos 150.000 millones de estrellas, y lo que vemos en las noches de verano mirando hacia arriba son sus zonas de mayor densidad. Si dirigimos la mirada hacia Sagitarrius, lo que contemplamos es el corazón galáctico, puesto que el centro de la galaxia está justo detrás. Por eso las nubes estelares parecen todavía más densas en esta dirección. El mejor consejo para observar bien la Vía Láctea es alejarse de las ciudades y hacerlo en plena naturaleza. Constituye una excelente experiencia observarla a simple vista o con unos simples prismáticos desde el campo o la montaña. Si nos tumbamos en una hamaca o en el suelo en una zona con horizontes amplios, podremos barrer sus densos campos estelares con los prismáticos, que revelarán detalles extraordinarios al observador. Con ellos podremos contemplar objetos como el Doble Cúmulo en Perseus, la Estrellas Granate de Herschel en Cepheus y la Nebulosa de la Laguna en Sagittarius entre otros muchos.

© Vicente Aupí

Las nubes estelares de la Vía Láctea en la constelación de Cassiopeia. (Foto: Vicente Aupí)

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El Observatorio

El Observatorio de Torremocha del Jiloca (Teruel) fue creado por Vicente Aupí en 1985. Se encuentra en esta pequeña población del valle del Jiloca, a 994 metros de altitud, al pie de la Sierra Palomera, en una zona privilegiada para la observación astronómica del cielo y de gran interés desde el punto de vista climatológico, ya que se halla enclavada en el triángulo Geográfico Teruel-Molina de Aragón-Calamocha, considerado como uno de los principales polos del frío de la Península Ibérica.

La serie climatológica del observatorio tiene ya datos de 34 años de observaciones termométricas y pluviométricas. A su vez, las actividades astronómicas se han orientado fundamentalmente a la astrofotografía, la divulgación científica y la observación de acontecimientos celestes como los eclipses solares y lunares y la aparición de destacados cometas, entre ellos el histórico del Halley en 1986.

Más información

Datos climatológicos del observatorio

Si lo deseas puedes acceder aquí a los datos climatológicos de temperatura y precipitación de la estación meteorológica del Observatorio de Torremocha del Jiloca en este enlace

Astrofotografía

Ver más fotografías

  • Cinturón y Nebulosa de Orion

  • Cometa Hale-Bopp con la Galaxia de Andromeda y el Doble Cúmulo

  • Deneb y la Nebulosa Norteamérica

  • El firmamento estival

  • Luna llena

"Aun a pesar de tener relojes rotos en los baúles, en las Nubes de Magallanes se guardan los más absolutos y recónditos momentos"

Carmen Cortelles

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