Estrellas y Borrascas

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Aparición del cometa Neowise

El cometa más bello del siglo XXI fascina a la humanidad en época de pandemia. El Neowise (oficialmente C/2020 F3) ya es uno de los grandes de la historia reciente junto al Halley (1986), Hyakutake (1996) y Hale-Bopp (1997). En este verano de 2020, su silueta en los cielos boreales escenifica la certeza de que los astros errantes del Sistema Solar no han perdido un ápice de su magia milenaria. Por si fuera poco, el Neowise comparte un atributo reservado a los cometas más bellos: la presencia de dos colas visibles. El Donati en el siglo XIX y el Hale-Bopp a finales del XX compartieron ese don, que sitúa a estos tres cometas entre los más bonitos que se han observado en los dos últimos siglos. Con una órbita retrógrada, el Neowise despunta al amanecer de la canícula en la tenue constelación de Lynx, tras haber eclipsado a Capella (la estrella más brillante de Auriga) y antes de internarse en los dominios de la Osa Mayor (Ursa Major). Su trayectoria cada vez más septentrional está obsequiando a los observadores del cielo con una posición visible tanto al amanecer como al anochecer, rompiendo el esquivo hábito de numerosos cometas de no dejarse ver por su proximidad al Sol. La imagen del Neowise en el firmamento suscita las mismas preguntas que asaltaban a los primeros astrónomos de la Antigüedad hace miles de años. Ellos no sabían (pero nosotros sí), que en los cometas está escrito nuestro origen. Sus núcleos de hielo y roca, de apenas unas decenas de kilómetros, se consideran los restos descarriados de nuestro Sistema Solar, la "basura espacial" que no fue elegida para formar los planetas y el Sol. "Una bola de nieve sucia", según Fred L.Whipple y Fred Hoyle. Tal vez, pero nunca tanta suciedad forjó semejante belleza. A propósito de la aparición del cometa Neowise puedes leer también estos artículos sobre el Halley y la oleada mundial de pánico que despertó en 1910 y sobre los cometas y el origen de la vida.

 

FOTOGRAFÍA: El cometa Neowise, fotografiado desde el Observatorio de Torremocha del Jiloca (Teruel) en las primeras luces del amanecer del 16 de julio de 2020. (Foto: Vicente Aupí)

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Salvemos las noches estrelladas

Credit: C. Mayhew & R. Simmon (NASA/GSFC), NOAA/ NGDC, DMSP Digital Archive

A mediados del siglo XX aún era posible ver la Vía Láctea desde el interior de muchas ciudades, pero actualmente sólo puede observarse ese espectáculo en plena naturaleza. En 1986 la contaminación lumínica también impidió ver el legendario cometa Halley a millones de personas y hoy, en pleno siglo XXI, la realidad es que el cielo nocturno se halla en trance de desaparecer en una gran parte del planeta. Hace cuatro siglos que Galileo hizo los primeros estudios telescópicos, pero él apenas podría realizar sus observaciones bajo el cielo actual, porque se lo impediría una infinidad de luces parásitas. Las noches estrelladas, el firmamento nocturno, la grandiosidad de la bóveda celeste… todo ello supone uno de los más grandes patrimonios de la naturaleza que tenemos, y su pérdida sería uno de los mayores contrasentidos para nuestra civilización, porque el ser humano y el resto de los seres vivos estamos todos hechos de fragmentos de estrellas. Es necesario detener el avance de la contaminación lumínica en todo el mundo, pero en el caso de España estamos ante el paradigma de uno de los países con el mejor cielo nocturno de Europa y en el que, lamentablemente, más han aumentado los focos de polución debido a la ausencia de una ley de protección estatal y de medidas que regulen el alumbrado de manera correcta. Pero no te engañes: no es sólo un problema para los astrónomos, porque el exceso de luces en ciudades y pueblos no sólo nos roba las estrellas, sino que, además, supone un gasto económico inútil para todos los ciudadanos. No se trata de quedarnos a oscuras, sino de usar el alumbrado correcto, que ilumine hacia abajo y permita, al mismo tiempo, conservar el patrimonio natural de las noches estrelladas y reducir el sobrecoste de la factura de luz que supone el derroche de tanta farola sin control.

Cielo y Tierra

Llegan las constelaciones del verano boreal

Las constelaciones del verano boreal ya se asoman en el firmamento. Hacia la medianoche destacan sobre el horizonte este Cygnus, Lyra y Aquila, las constelaciones cuyas tres estrellas principales forman el denominado Triángulo Estival. Son Deneb, Vega y Altair, tres soles notables que ya en mayo refulgen de madrugada a pesar de que es en julio y agosto cuando resulta más fácil localizarlos, puesto que son visibles la mayor parte de la noche en lo alto del cielo. Junto a ellas reaparece también el inconfundible camino estelar que marca la Vía Láctea, nuestra galaxia, que cruza la bóveda celeste como una nube indisoluble formada por miríadas de estrellas. En Cygnus, junto a Deneb, podemos encontrar otras estrellas excepcionales como Albireo, un sistema estelar binario cuyas dos componentes, de color azul y amarillo respectivamente, son un espectáculo a través del telescopio. Y la Nebulosa Norteamérica (NGC 7000), un objeto esquivo cuando observamos en la ventana óptica pero que aparece en las fotografías o cuando usamos filtros especiales que nos permiten detectar la longitud de onda de esta nebulosa de emisión cercana a Deneb. En Lyra, además de Vega, se esconden la Nebulosa del Anillo (M 57), una peculiar nebulosa planetaria al alcance de los telescopios del aficionado, y Epsilon Lyrae. Este sistema estelar múltiple ya lo perciben como una estrella doble las personas de vista aguda, pero si además lo enfocamos con un telescopio a gran aumento nos sorprenderemos al comprobar que cada una de esas dos componentes es, a su vez, un sistema binario. En Aquila, Altair tiene uno de los nombres más sugestivos que conocemos, de origen árabe, que nos habla de "la que vuela". Es una estrella blanca situada a algo más de 16 años luz del Sistema Solar, con peculiaridades como el movimiento de rotación, uno de los más rápidos que se han observado, ya que gira en algo más de seis horas.

© Vicente Aupí

La Nebulosa Norteamérica (NGC 7000) es uno de los objetos celestes más destacados de la constelación del Cisne (Cygnus). La vemos aquí con la estrella Deneb, una de las tres componentes del Triángulo Estival, un asterismo del que también forman parte Vega y Altair. (Foto: © Vicente Aupí)

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El Observatorio

El Observatorio de Torremocha del Jiloca (Teruel) fue creado por Vicente Aupí en 1985. Se encuentra en esta pequeña población del valle del Jiloca, a 994 metros de altitud, al pie de la Sierra Palomera, en una zona privilegiada para la observación astronómica del cielo y de gran interés desde el punto de vista climatológico, ya que se halla enclavada en el triángulo Geográfico Teruel-Molina de Aragón-Calamocha, considerado como uno de los principales polos del frío de la Península Ibérica.

La serie climatológica del observatorio tiene ya datos de 34 años de observaciones termométricas y pluviométricas. A su vez, las actividades astronómicas se han orientado fundamentalmente a la astrofotografía, la divulgación científica y la observación de acontecimientos celestes como los eclipses solares y lunares y la aparición de destacados cometas, entre ellos el histórico del Halley en 1986.

Más información

Datos climatológicos del observatorio

Si lo deseas puedes acceder aquí a los datos climatológicos de temperatura y precipitación de la estación meteorológica del Observatorio de Torremocha del Jiloca en este enlace

Astrofotografía

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  • Cinturón y Nebulosa de Orion

  • Cometa Hale-Bopp con la Galaxia de Andromeda y el Doble Cúmulo

  • Deneb y la Nebulosa Norteamérica

  • El firmamento estival

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"Aun a pesar de tener relojes rotos en los baúles, en las Nubes de Magallanes se guardan los más absolutos y recónditos momentos"

Carmen Cortelles

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