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CIELO Y TIERRA

Tres siglos después de Halley

El módulo Philae poco después de posarse sobre la superficie del cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko. (Foto: ESA/Rosetta/Philae/CIVA)

14
NOV
2014

La Agencia Espacial Europea (ESA) ha protagonizado una de las grandes gestas de la era espacial al llevar el módulo Philae a la superficie del cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko. Además de la espectacularidad de la misión desde el punto de vista de la ingeniería aeroespacial, los instrumentos científicos que ahora tienen como hogar ese pedrusco errante que vaga por el Sistema Solar nos ayudarán a averiguar un poco más de nuestros orígenes. La Tierra, el mundo que habitamos, se formó junto al resto de planetas y el Sol hace unos 4.500 millones de años a partir de una nebulosa primigenia. Aquello que no se consolidó en nuestra estrella madre y en los planetas, es decir, los restos perdidos de aquella nebulosa, son los cometas y los asteroides, la mayoría de muy pequeño tamaño (apenas 10-15 kilómetros en los núcleos cometarios), que se mueven por el espacio con órbitas para todos los gustos. Los cometas albergan, por tanto, una parte de aquellos materiales primitivos, la información sobre el origen del Sistema Solar, y por ello la ESA y la ciencia han hecho esta apuesta con la misión Rosetta. Seguramente, el astrónomo inglés Edmund Halley, con cuyo apellido fue bautizado en el siglo XVIII el cometa más famoso de la historia, no se creería lo que hemos visto esta semana. Halley estudió la órbita del cometa aparecido en 1682 sobre Europa y la relacionó con otras observaciones precedentes que se habían producido en 1607 y 1531, llegando a la conclusión de que no se trataba de tres cometas diferentes, sino de uno solo que regresaba cada 75-76 años. Eso le permitió profetizar que aquel cometa volvería a verse en 1758. Lamentablemente, él murió en 1742, por lo que se fue a la tumba sin saber si estaba en lo cierto, pero tal como vaticinó, el enigmático astro acudió a la cita de 1758, por lo que desde entonces se le conoce como cometa Halley. Casi tres siglos después, Rosetta y Philae nos van a revelar cosas que a Halley le parecerían inimaginables.

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