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ASTRONOMÍA

Halley, 1910: el cometa del fin del mundo

El cometa Halley fotografiado el 13 de mayo de 1910 con una cámara gran angular desde el Observatorio Lowell, en Flagstaff (Arizona). La imagen se tomó unos días antes de que la Tierra se intrrodujera en el interior de la cola del cometa.

Composición del aspecto que tenía el cometa Halley en 1910 sobre Nueva York a partir de una foto de la Quinta Avenida. (Foto: Crose Photo Company/Collection Steven R. Shook)

Órbita del cometa Halley. (Infografía: Marcos Gil Fons)

Aquel astro errante con cabellera y cola se convirtió en el mensajero del fin del mundo. Ningún otro cometa como el Halley en 1910 ha causado tanta fascinación, tanto miedo y tanta leyenda. De aquello se cumplen ahora 100 años. Es el centenario de uno de los mayores acontecimientos astronómicos del siglo XX, un hito que paralizó el planeta ante el temor al fin de los tiempos y que impulsó a millones de personas, presas del pánico, a asomarse al firmamento cada noche para contemplar hipnotizadas aquella larga figura celestial que desbordaba la noche estrellada. Algunos no superaron el trance y prefirieron quitarse la vida convencidos de que el paso de la Tierra por la cola del cometa, que contiene cianógeno, envenenaría a la humanidad entera. Los mensajes de tranquilidad de los científicos no pudieron evitar los suicidios de una minoría y la congoja de la gran mayoría.

Recién llegado el siglo XX, el encuentro con el Halley se vivió en todo el Globo durante la primavera de 1910 hasta el momento cumbre del 18 y el 19 de mayo en el que nuestro planeta cruzó la cola del cometa mientras la humanidad contenía el aliento. En las semanas previas, la prensa fue un hervidero de rumores, artículos de todo tipo y publicidad engañosa que, entre otros productos, ofrecía máscaras para protegerse de los supuestos efectos nocivos del cianógeno, uno de los gases que componen los cometas. Rotativos como el New York Times se hicieron eco de aquella locura colectiva, que en la prensa española tuvo su impronta en diarios como La Vanguardia, en la que José Comas Solá, uno de los grandes astrónomos de la historia de España, escribió numerosos artículos, todos ellos encaminados a tranquilizar a la sociedad. Los hechos le dieron la razón: después del paso por la cola del Halley, la Tierra siguió su curso como si nada y el fin del trance fue celebrado con innumerables veladas nocturnas en Madrid, Barcelona y otras muchas ciudades, donde la gente se aglomeraba en las calles en pleno jolgorio mientras el Halley aún brillaba en el cielo.

El 19 de mayo, justamente cuando la Tierra cruzaba la temida cola del cometa, Comas Solá escribía en La Vanguardia: "Los aparatos meteorológicos y sismológicos del Observatorio no han registrado nada anormal, a menos que las notables variaciones reveladas por los barómetros y. el estatoscopio no revistieran carácter general, cosa que juzgo poco probable. En cuanto a la introducción en la atmósfera terrestre de gases cometarios, inútil es decir, conforme ya se había anticipado, quo no se ha observado nada; en primer lugar, porgue en el caso improbable de introducirse tales gases, no se harían sensibles en las capas bajas de la atmósfera hasta después de cierto tiempo (quizás algunos días), y en segundo lugar, porque en el supuesto de ocurrir este caso, no es fácil, dado su enrarecimiento sumo de las colas cometarias, que dichos gases pudieran reconocerse con los más delicados medios de análisis".

En otro artículo de la misma edición se leía: "El choque del cometa Halley con la Tierra. No una cola se vio ayer a la caída de la tarde. Fueron dos: la primera era excesivamente larga. La componían millares de personas que acudían al establecimiento de la casa Ribera, situada en el número 13 de la calle de Fernando, para proveerse del acreditado agua-naf (azahar), que se expende a fin de poder soportar el susto que había de darnos el cometa Halley. La segunda cola era de menores dimensiones, pero no dejaba por eso de llenar la espaciosa y larga calie de Salmerón, y los que la formaban pedían a voz en grito el Gran Licor Poniol, único capaz de ahuyentar a todos los cometas habidos y por haber".

La última visita cargada de leyendas

Hoy, un siglo después del mítico paso del Halley en 1910, todos estos sucesos parecen remotos, y realmente lo son. Seguramente, aquella visita del legendario cometa fue la última en la que vino cargado de leyendas, y la próxima del año 2061 será la primera en la que la humanidad lo recibe sabiendo absolutamente todo de él, ya que durante el paso de 1986 las sondas espaciales Vega y Giotto salieron a su encuentro para estudiar de lleno su naturaleza, lo que permitió, incluso, descifrar los enigmas concernientes a su núcleo, fotografiado gracias a las modernas técnicas de imagen.

Hace 100 años, además, se produjo una alianza de factores que contribuyeron a enriquecer la fascinación por aquel encuentro. En primer lugar, la clave estuvo en que las peculiaridades de las órbitas del Halley y de la Tierra confluyeron de tal forma que nuestro planeta se internó en la cola del cometa, que a pesar de tener una densidad prácticamente nula y una composición similar a la del mejor vacío de laboratorio, se extendía millones de kilómetros en la bóveda celeste.

Por otra parte, aquella aproximación del Halley se produjo en una etapa de la historia de la astronomía caracterizada por grandes incertidumbres. Faltaba más de una década para que los estudios de Edwin Powell Hubble demostraran que habitamos un universo en expansión y que lo que entonces se llamaban nebulosas, como M 31 en la constelación de Andromeda, eran en realidad galaxias que estaban fuera de la nuestra, la Vía Láctea, y no objetos celestes pertencientes a ésta. Asimismo, Marte era una de las obsesiones mundiales, alentada por las afirmaciones de astrónomos como Percival Lowell, que sostenían la existencia de una red de canales de origen inteligente en el planeta rojo, y por la publicación del libro La guerra de los mundos, de H. G. Wells, en 1898.

Asimismo, en 1910 apenas había contaminación lumínica, por lo que la visión del firmamento era excelente incluso desde grandes ciudades, como París, Nueva York y Madrid. Con ello, y merced a su gran proximidad, el impacto visual del Halley en plena noche fue abrumador. La mejor prueba de ello es la extraordinaria foto que encabeza esta artículo, en la que el Halley muestra un aspecto sobrecogedor, y su cola se observa con un detalle excepcional que permite ver lo que aparentemente eran enormes abismos, ya que en uno de sus sectores aparece fracturada. Junto al Halley, brilla a la derecha el planeta Venus como testigo de excepción de uno de los grandes acontecimientos del siglo XX.

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