Estrellas y Borrascas

WEB DE VICENTE AUPÍ / OBSERVATORIO DEL POLO DEL FRÍO DE TORREMOCHA DEL JILOCA

ASTRONOMÍA

Chet Raymo y la búsqueda de la belleza en el cielo y en la Tierra

Cubierta del libro “El alma de la noche”, editado en España por Progensa.

Cubierta del libro “El enano astrónomo”, con sello de Circe en España.

Xilografía de Michael McCurdy para el capítulo “El seguidor de las Pléyades”, del libro “El alma de la noche”.

Xilografía de Michael McCurdy para el capítulo “La visita del cometa”, del libro “El alma de la noche”.

Noctilucente: que brilla en la noche, como las luciérnagas, algunas nubes excepcionales y, sobre todo, las estrellas. De todas ellas, de las cosas hermosas que resplandecen cuando el Sol se esconde tras el horizonte, y de la belleza como algo supremo, trata la profunda obra literaria de Chet Raymo, figura insólita en el ámbito de la divulgación científica y, lamentablemente, autor escasamente traducido al español. Sólo un par de su docena de libros está disponible para nuestro público y son, además, rara avis en las librerías: El alma de la noche (The Soul of the Night), publicado originalmente en New Jersey en 1985 por Prentice-Hall y editado en España en 1989 por Progensa, y El enano astrónomo (The Dork of Cork), publicado en 1993 en Nueva York por Warner Books y con sello de Circe para la edición española, que vio la luz en 1994. El privilegiado público de habla inglesa cuenta también, entre otros, con títulos como In the Falcon's Claw, Valentine, Walking Zero, The Path, Honey from Stone, An intimate Look at the Night Sky, Natural Prayers y 365 Starry Nights. Disponemos únicamente, pues, de una pequeña muestra de la obra original de Raymo traducida a nuestra lengua, pero afortunadamente El alma de la noche y El enano astrónomo son lectura suficiente —en realidad, sobresaliente— para entender el pensamiento y las formas narrativas de un autor cuya aureola internacional se ha forjado merced a una virtud poco común, como es la de aunar en un mismo texto la capacidad divulgativa necesaria para introducir al lector en el conocimiento científico y un talento literario que nos impulsa a devorar con delectación los pasajes más inspirados de ambos libros.

Más allá del perfil de los pioneros

A primera vista, su perfil podría coincidir con el de algunos de los pioneros de los siglos XVIII y XIX que lograron convertir la astronomía en una ciencia popular —la más popular, ciertamente, algo que todavía sucede hoy en día—, como Camille Flammarion, Bernard le Bovier de Fontenelle, Jérôme de Lalande y el mismísimo François Arago, o incluso el español Josep Comas Solá, uno de nuestros astrónomos más destacados de la historia reciente. Pero no, el verbo de Chet Raymo excede ese perfil y trasciende, también, el de los nombres más conocidos de la divulgación cosmológica contemporánea, como Isaac Asimov y Carl Sagan —ambos ya fallecidos—, quienes acapararon en la segunda mitad del siglo XX buena parte de la fama mundial en este campo al maravillarnos con conceptos ignotos para la mayoría de los mortales, como las dimensiones reales del Universo y la posibilidad de los viajes interestelares. El mérito de Chet Raymo no es tanto su capacidad para sorprendernos con semejantes vértigos como el de hacernos sentir la belleza de las noches estrelladas y emocionarnos junto a él al comprender que nosotros somos parte de todo ello, por pequeños que nos sintamos ante la magnitud de las escalas cósmicas. La mayoría de sus obras, en especial los dos títulos que nos ocupan aquí, trata de las estrellas, o sea, de nosotros, porque como él mismo nunca se cansa de recordar “somos polvo de estrellas”, estamos hechos de estrellas, venimos de ellas y, por tanto, en otro tiempo fuimos lo mismo. Y en El alma de la noche y El enano astrónomo tenemos la esencia de esa visión estelar, reveladora y conmovedora al mismo tiempo, en el primer caso en un ensayo científico-literario difícilmente clasificable para los libreros, y en el segundo en forma de novela. Ambos géneros son dominio fácil para este autor, aunque sólo la cuarta parte de sus títulos son novelados: In the Falcon's Claw, Valentine y El enano astrónomo, que además fue adaptada al cine en la película de 1995 Frankie y las estrellas (Frankie Starlight), dirigida por Michael Lindsay-Hogg y protagonizada por Matt Dillon y Anne Parillaud.
Además de sus libros, la columna que Chet Raymo escribe semanalmente en el periódico Boston Globe desde hace veinte años contribuye decisivamente en su fama como divulgador entre el público norteamericano. Su sección lleva el título Science Musings, algo así como Reflexiones científicas, pero en realidad sus artículos periodísticos están impregnados de una verdadera meditación filosófica acerca de la creatividad científica y sus propias inquietudes personales, plasmadas también en sus ensayos y novelas, sobre los cuerpos celestes, su observación y la naturaleza del universo que habitamos. Profesor emérito del Colegio Stonehill, en la localidad de North Easton, Massachusetts, obtuvo en 1998 el premio Lannan de literatura, concedido en reconocimiento a sus obras de no ficción, que le han aupado a un lugar entre la élite de los naturalistas en Estados Unidos. De hecho, sería incorrecto encasillar la labor de Chet Raymo exclusivamente en el ámbito de la astronomía, porque su faceta divulgativa también se engloba en una perspectiva paisajista —a pleno día— en la que destaca, de manera especial, la descripción de los increíbles escenarios naturales de Nueva Inglaterra y del condado de Kerry, en Irlanda, donde tradicionalmente se deleita todos los veranos con una privilegiada contemplación de horizontes en los que el cielo y la Tierra se abrazan como en pocos lugares del Globo. Y es que, en realidad, a Raymo podemos considerarlo heredero de la percepción mística de la naturaleza que tenía Henry David Thoreau, el ensayista y poeta norteamericano del siglo XIX, autor de Walden, la obra clásica que supone el mejor ejemplo de su intento por conceptuar al hombre como parte de la naturaleza frente a la sociedad. Un siglo y medio después, Raymo recorre, vive y recrea para nosotros los mismos paisajes mágicos de Nueva Inglaterra que fueron vida y obra en Thoreau, sólo que quizá ahora encontramos una mayor predilección por levantar la mirada hacia el firmamento para buscar, si la hay, la simbiosis entre el mundo y el resto del Universo.
En El alma de la noche el legado de Thoreau es parte del tesoro. Raymo acude a él y lo cita como a pocos autores, hasta el punto de que no resulta difícil deducir que los mismos bosques de Massachusetts que gustaba de recorrer su admirado predecesor han sido parte de sus fuentes de inspiración. Puede parecer una casualidad que el creador de Walden sea citado en más pasajes de El alma de la noche que Albert Einstein, pero no lo es en absoluto, puesto que esto nos confirma la idea ya expuesta de que en Chet Raymo confluyen, meritoriamente, los caminos de la divulgación científica y la creatividad literaria; hay en él una visión poética que no se da en otros autores que hicieron de las estrellas su tema de divulgación preferido, como los ya citados Sagan y Asimov, o —¿por qué no?— el renombrado Stephen Hawking. La profusión de libros de estos tres divulgadores consagrados, traducida a casi todas las lenguas, está repleta de secretos desvelados, cifras colosales, mundos reales e hipotéticos, agujeros negros y distancias cósmicas inabarcables que constituyen un ejercicio de fascinación para sus lectores. Pero la letra de Sagan, Asimov y Hawking suele ir acompañada de números, a veces envueltos en fórmulas o ecuaciones, mientras que lo que distingue la obra de Chet Raymo es, precisamente, la ausencia de esa visión matemática del Cosmos que tantas veces, sin pretenderlo, nos deja fríos. La única fórmula de El alma de la noche es el misterio: el libro nunca resuelve la ecuación y se limita a llevarnos de paseo entre las estrellas, de la misma forma que Thoreau por los parajes que rodean la laguna Walden. Dice Raymo al referirse a él: "La mayoría de los hombres viven en apacible desesperación, dijo Henry David Thoreau, y si su libro —se refiere a Walden— continúa atrayéndonos es porque estamos desesperados. Desesperadamente me vuelvo hacia la noche como Thoreau se volvía hacia su laguna, y mido esos espacios estrellados con el mismo cuidado con que el naturalista de Concord, valiéndose de sus varas y cadenas, medía la laguna Walden".
También Ralph Waldo Emerson, amigo de Thoreau y como él figura universal entre los naturalistas norteamericanos, es una referencia para Raymo, que recoge algunas de sus convicciones: "Quien conoce las delicias y virtudes que encierran la tierra, el agua, las plantas, el cielo, y cómo alcanzar esos encantos, ése es el verdadero rico, el verdadero rey". ¿Puede alguien sentirse de otra forma después de contemplar los anillos de Saturno, o de pasear como lo hizo Galileo —el primer afortunado— con su rudimentario telescopio por las montañas de la Luna? La observación es la felicidad del naturalista, el método que colma la propia necesidad de descubrir, y El alma de la noche es el regalo para el resto de la humanidad de alguien que desea compartir sus valiosos hallazgos. La ciencia parece aburrida en infinidad de ocasiones, pero el problema, realmente, es el discurso ininteligible, carente de alma e imposible de razonar. En la bibliografía astronómica no es frecuente encontrar obras en las que el lector se sienta tan cerca del autor, sino que casi siempre ocurre lo contrario: cuando leemos libros sobre esta ciencia nos desalienta sentirnos a años luz de quien los ha escrito, pero en Chet Raymo encontramos la cálida y sincera invitación de alguien dispuesto a hacernos compañeros de sus maravillosos viajes por la bóveda celeste.

Los nombres y colores de las estrellas

Nombres y colores. En ellos reside buena parte del efecto hipnótico que ejercen las estrellas sobre nosotros. Altair, Vega, Betelgeuse, Polaris, Rigel, Sirius, Alfa Centauri, Algol, Mizar, Antares... Aunque no las hayamos visto nunca en el cielo o no sepamos distinguirlas del resto, estas estrellas nos cautivan por su propio nombre, y es cierto que muchas de las personas que han necesitado alguna vez contemplar el firmamento lo han hecho después de descubrir tales nombres en algún tratado astronómico. En los nombres de las estrellas está compilada la sabiduría de las civilizaciones que, mucho antes de la era espacial, labraron el conocimiento de los cielos, como los árabes, que fueron extraordinarios observadores. A ellos debemos una gran parte de las hermosas denominaciones heredadas en los atlas estelares y que la modernidad no ha logrado desterrar de la astronomía contemporánea. Raymo se fija en algunos de los casos más sugestivos, como Aldebaran, la estrella más brillante de la constelación de Taurus, cuyo nombre proviene de la denominación árabe Al-Dabaran, que significa "el seguidor". ¿A quién sigue Aldebaran? Podemos descubrirlo nosotros mismos cualquier noche de otoño o invierno a la luz de las estrellas: Aldebaran es una gigante roja —aunque el color que percibimos de ella tiene una tonalidad anaranjada— que sigue los pasos de un peculiar enjambre de soles azules en el que no sólo repararon los árabes, sino todos los pueblos de la historia de la humanidad. Son las Pléyades, el cúmulo de estrellas más hermoso, un asterismo cuya singularidad ha acabado erigiéndolo, con el paso de los siglos, en un icono de las noches estrelladas. Chet Raymo nos habla de ellas, de ese contraste entre la “luminaria” roja que es Aldebaran y los soles azules a los que sigue cada noche desde mucho antes que el hombre amaneciera sobre la Tierra. De la misma forma que hacen los buenos catadores con el vino, nos anima a sumergirnos en el océano de la noche para descubrir que, en contra de lo que pensábamos al principio, cada estrella tiene su color y podemos degustar sus matices hasta encontrar la máxima expresión del cromatismo celeste en estrellas como Albireo, un sistema estelar múltiple de la constelación de Cygnus, el Cisne, en el que las dos principales componentes aparecen juntas ante nuestros ojos cuando las observamos por el telescopio. Una azul, la otra dorada, como piedras preciosas robadas de algún cofre. La verdadera revelación es que el cofre existe realmente, porque Albireo no es excepción en los cielos, colmados de sistemas estelares como el suyo, en el que no hay únicamente una estrella solitaria como nuestro sol, sino dos, cuatro u ocho, cada una de ellas diferente en tamaño, brillo y color. Esto es la belleza revelada, descubierta de la mano de un ilustrado, cuya erudición eclipsa la visión cientificista, esquemática y carente de cultura general que destilan demasiados textos astronómicos. Raymo nos devuelve a las estrellas, ciertamente, pero para alcanzar ese encuentro con la génesis de nuestro árbol genealógico primordial no se sirve únicamente de la sabiduría de los grandes protagonistas de la historia de la astronomía, sino también de la de numerosas figuras imprescindibles de las letras universales: Plinio el Viejo, Virgilio, Heráclito, Herman Melville, Doris Lessing, Rainer Maria Rilke, Theodore Roethke, Vladimir Nabokov, J. R. R. Tolkien, John Muir, Antoine de Saint-Exupéry. Son sólo algunos de los nombres que desfilan por El alma de la noche, en el que apenas hay páginas en las que Chet Raymo no nos obsequie con citas, pensamientos o frases célebres de alguno de los grandes autores de su biblioteca personal. Acerca de los “embelecos del color” hay una reflexión sobre la blancura de Moby Dick que describe Herman Melville en su conocida novela y que Raymo menciona a propósito de la percepción cromática de las estrellas. Y es fundamental la referencia a John Muir, considerado uno de los padres de los parques nacionales de Estados Unidos, de quien nos traslada la confesión que hizo tras pasar una noche acampado junto a Emerson en Yosemite: fue una de las mejores experiencias de su vida. Un testimonio que avala la tesis de que algunos acontecimientos efímeros perduran para siempre en la memoria del naturalista y su valor, como revelación por la grandiosidad del entorno que acaba de descubrir, puede superar el de décadas de investigación.
Raymo también relata con emoción la carga humana que ha rodeado muchos de los descubrimientos cosmológicos del siglo XX con los que la ciencia ha dado forma a las teorías actuales sobre el origen del Universo a partir del Big Bang, así como sobre su expansión, su estructura y sus escalas. En El alma de la noche están presentes nombres como el de Edwin Powell Hubble, a quien se deben numerosas claves, como la del hallazgo del desplazamiento hacia el rojo en el espectro de las galaxias,  que sirvió para comprender que el Universo está en expansión y las galaxias se alejan unas de otras. Pero como es habitual en la obra de Chet Raymo, por encima del análisis científico prevalecen las emociones, como las que rodearon los estudios de Harlow Shapley sobre la verdadera naturaleza de la Vía Láctea, de la que no se supieron realmente sus dimensiones hasta bien entrado el siglo XX. Raymo cuenta cómo Shapley, uno de los mejores especialistas de la historia en el estudio de galaxias, visitó su universidad poco antes de morir, cuando ya contaba 87 años, y le relató su vida a él y a sus alumnos. De este encuentro podemos leer en El alma de la noche que “el endeble octogenario nos contó la historia de su vida y el significado de ella. Con los ojos todavía brillantes y el blanco pelo echado a un lado, echó a correr por la Vía Láctea, dejándonos a nosotros, simples ciudadanos de la Tierra, con un palmo de boca. Shapley se puso a soñar y soñó a lo grande. Un sueño que abarcaba todas las estrellas visibles, y que multiplicó por mil el tamaño del Universo”.

Cielo y Tierra

Pero no creamos que la obra de Chet Raymo es sólo una recreación idílica del firmamento. Sus libros son cielo y Tierra, hasta el punto de que tanto en El alma de la noche como en El enano astrónomo contrapone constantemente ambas realidades, sin obviar, sino todo lo contrario, las tragedias humanas de este planeta nuestro. Esa confrontación es el denominador común de cada capítulo de El enano astrónomo, una conmovedora novela en la que al lector le resultará difícil creer que la obsesión por la belleza que muestra el protagonista, un enano que sufre acondroplasia, es sólo una idea creada para el propio personaje. Resulta patente que la mente ficticia de Frank Bois, el insólito protagonista, alberga muchas de las obsesiones del propio Chet Raymo. La inquietud por la belleza que ya delata El alma de la noche se torna un asunto vital en la increíble historia que se nos narra en El enano astrónomo, en la que las estrellas son un fondo de cielo bajo el cual la búsqueda de la belleza también es una cuestión terrestre, humana y, la mayoría de las veces, fundamentalmente femenina.
El título original de esta novela es The Dork of Cork, cuya traducción literal sería El chalado de Cork, la ciudad irlandesa en la que se desarrolla una gran parte del relato. En la edición española se ha optado por El enano astrónomo, traducción que deja de lado la posible percepción del protagonista como un pirado, decisión que no deja de ser acertada, puesto que si algo deduce claramente el lector página tras página es que Frank Bois, el enano solitario que conoce mejor que nadie las estrellas, es el más lúcido de toda la galería de personajes que desfila ante nosotros, y cuyo sesgo, en todos los casos, es tan original que la conclusión más lógica es que una gran parte de ellos puede haber sido real. Precisamente, el eje narrativo de la novela es la publicación de un relato autobiográfico escrito por nuestro enano protagonista, titulado Acecho nocturno y convertido rápidamente en best-seller, parte de cuyo éxito parece deberse a la circunstancia de que el escritor es enano. Son memorables los malabarismos de Chet Raymo para lograr paralelismos entre su propio relato en El enano astrónomo y los del protagonista de éste como autor de Acecho nocturno. Pero a veces la sintonía es tal que da la sensación de que se intenta, deliberadamente, que el lector crea que se trata del mismo libro.
Dicen los entendidos que tan importante como el final de un libro lo es el principio. “Comencemos por la belleza” es la frase inicial de la novela de Raymo, pero esa intención no se circunscribe sólo a los inicios; la belleza lo inunda todo en esta narración y lo hace, además, en todas sus formas: humana, terrestre y cósmica. Una de las claves reside en la propia deformidad de Frank Bois, el protagonista, que le lleva a entender la belleza como algo supremo, inalcanzable para él, que le mueve a buscar refugio entre las estrellas desde la convicción de que su propia fealdad es una barrera infranqueable en la relación con las mujeres, cuya hermosura pugna a lo largo de todo el relato con la de los astros más bellos.
Tal vez lo más brillante de esta creación de Chet Raymo es su destreza para describirnos por igual, casi en paradigmática armonía, los hechos más crudos y trágicos de la vida y las relaciones humanas y la magia de los cielos. En sus páginas están presentes algunos acontecimientos terribles de la Segunda Guerra Mundial y un laberinto familiar y pasional tan intrincado que de él afloran indistintamente las peores miserias humanas y las relaciones más hermosas que alguien pueda imaginar, tanto en el terreno de la amistad como en el del amor. No obstante, la trascendencia de nuestro autor, ya descrita en el análisis de El alma de la noche, se entrelaza en El enano astrónomo con numerosos fragmentos en los que un humor desbordante arranca reconfortantes y espontáneas carcajadas del lector pocos segundos después de haber leído alguno de los episodios más trágicos.
El diccionario de la lengua española no recoge la hermosa palabra noctilucente, que sí es utilizada en inglés: noctilucent. El término estrictamente correcto en castellano sería luminiscente, que define la propiedad de algunos seres vivos, como las luciérnagas, para emitir luz. La palabra inglesa noctilucent también recoge esta característica, pero va más allá y se refiere a todo lo que resplandece por la noche, incluidos los astros. Frank Bois, en uno de los pasajes más inspirados de la novela de Raymo, afirma: “La noche es un periodo de locura. O aún peor. Yo acudo a ella en busca de cosas noctilucentes. Qué palabra tan bella... noctilucente: que brilla en la noche. Habitualmente la reservamos para ciertas nubes altas divisables en verano que continúan atrapando los rayos del Sol mucho después de que la superficie de la Tierra se haya sumido en las sombras. Cosas que brillan en la noche: las nubes noctilucentes, la luz zodiacal, el gegenschein, la Vía Láctea...”.
La Vía Láctea, nuestra galaxia, una ciudad estelar poblada por 150.000 millones de estrellas, o quizá 400.000 millones, la ciencia no lo sabe con exactitud. Sólo una entre los miles de millones de galaxias que existen ahí fuera y que, a su vez, están agrupadas en millones de supercúmulos de galaxias. Sí, pero Chet Raymo nos dice a través de Frank Bois que “la mente humana es algo mucho más complejo que cualquier estrella o galaxia”...

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Carmen Cortelles

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