Estrellas y Borrascas

WEB DE VICENTE AUPÍ / OBSERVATORIO DEL POLO DEL FRÍO DE TORREMOCHA DEL JILOCA

ASTRONOMÍA

Para empezar a observar el cielo

La vía Láctea en la zona de Sagittarius y Scorpius, mirando hacia el sur en verano. En esta imagen aparece Júpiter, el astro más brillante en el encuadre. (Foto: Vicente Aupí)

Campos estelares de la Vía Láctea en Cassiopeia y Perseus. Abajo se observa el Doble Cúmulo. (Foto: Vicente Aupí)

Aunque cambia de posición a lo largo del año rotando en torno al polo norte celeste, la inconfundible figura de la Osa Mayor (Ursa Major) la convierte en uina de las mejores constelaciones para orientarse en el cielo. (Foto: Vicente Aupí)

El verano es la época más propicia del año para echarle un ojo a las estrellas durante las cálidas noches de julio y agosto. Muchas personas que tienen el gusanillo de la afición a la astronomía meditan en estas fechas la posibilidad de comprarse un telescopio o algún otro instrumento óptico para iniciarse en la observación del cielo, pero antes de hacerlo es aconsejable asesorarse muy bien, porque la práctica demuestra que en la mayoría de los casos se toman decisiones equivocadas o se hacen inversiones económicas que, después, no dan los frutos que se esperaban. Todos los años me pregunta alguien qué telescopio es mejor para observar la lluvia de estrellas fugaces de las Perseidas, las populares "Lágrimas de san Lorenzo", que se producen cada año durante la primera quincena de agosto, y que se llaman así porque el máximo del fenómeno suele coincidir con el 10 de agosto, día del santo en cuestión. La respuesta es contundente: para ver ésta o cualquier lluvia de estrellas fugaces (meteoros) no se usan telescopios. Se contemplan a simple vista tratando de abarcar desde el punto de observación el mayor horizonte posible. Ningún telescopio puede seguir el movimiento veloz de la estela luminosa dejada por un meteoro en el cielo, y si tenemos algún instrumento orientado al azar hacia alguna parte del cielo y confiamos en que alguna estrella fugaz transite por su campo óptico, la probabilidad es tan pequeña que lo más probable es que no veamos nada. El telescopio, por tanto, no sirve para las lluvias de meteoros.

Bajo el cielo estival

Por todo ello, una de las mejores recomendaciones que puede hacerse para cualquier persona interesada, sea niño o adulto, es que aproveche las fechas de las Perseidas para contemplar no sólo este espectáculo celeste, sino también las demás maravillas cósmicas que se pueden ver a ojo desnudo en el cielo por esas fechas. Por ejemplo, la Vía Láctea, el trazo blanquecino que cruza el firmamento en las noches estivales y que está formado por millones de estrellas diluidas en esa mancha nebulosa. Ayudados de un planisferio o mapa celeste, nuestros ojos bastan para identificar las constelaciones más importantes y sus estrellas principales. La estrella Vega, de la constelación de Lyra; Deneb en Cygnus (el Cisne) y Altair en Aquila (el Águila) forman un conjunto destacado cerca del cénit, al que los astrónomos conocen como Triángulo Estival.

Al sur, el corazón de la Vía Láctea se pierde junto al horizonte en Sagittarius y Scorpius (el Escorpión), donde sobresale la estrella Antares, una supergigante roja. Todo ello lo podremos observar bien desde algún lugar con un buen cielo libre de contaminación lumínica. Se ven más cosas a simple vista desde los extraordinarios cielos oscuros de nuestras serranías que con un telescopio desde el interior de una gran ciudad. Ahora es posible utilizar filtros que reducen el estorbo de las luces parásitas en los telescopios, pero el resultado no es comparable a la magia de un cielo oscuro y auténtico en plena naturaleza. Desde ella podremos distinguir con nuestros propios ojos el contraste de la miríada blanca de las estrellas de la Vía Láctea con las sombras de las nebulosas oscuras de polvo que se recortan contra ella, algo que no es posible desde la ciudad. Aunque parezca difícil, en una o dos noches se aprende a reconocer las constelaciones fundamentales y las estrellas principales, lo cual nos abre una vía de orientación que permite guiarnos poco a poco por la bóveda celeste para explorar el resto.

El firmamento con prismáticos

Si nos ha gustado la experiencia, el siguiente paso son unos prismáticos. Valen hasta los viejos que tenemos en casa desde tiempos inmemoriales siempre que estén en buen estado. Los más recomendables para iniciarse son los de 7X50, 10X50 u 8X30. Hay muchos testimonios de gente que no había tenido esta experiencia y regresó a casa asombrado tras enfocar una noche desde la montaña sus viejos prismáticos hacia los campos estelares de la Vía Láctea. Aparecen millones de estrellas ante nuestros ojos, y si llevamos con nosotros un mapa celeste, podremos iniciarnos en el estudio de objetos como los cúmulos abiertos de las Pléyades y el Doble Cúmulo de Perseus, dos enjambres de miles de estrellas que parecen gemelos y que es fácil localizar entre dicha constelación y la de Cassiopeia.

Si algún día de este verano de 2012 aguardamos hasta el amanecer, esos mismos prismáticos los podemos asentar sobre un trípode o una repisa para estabilizarlos y orientarlos hacia el horizonte este en busca de Júpiter, que destaca junto a Venus y sigue a éste en brillo. Si evitamos sujetarlos a pulso, los sencillos binoculares nos permitirán ver claramente la esfera del mayor planeta del Sistema Solar y, también y sorprendentemente, sus cuatro lunas principales: Ganimedes, Io, Europa y Callisto. Se las llama galileanas porque fue Galileo el primero en observarlas, y lo hizo con un telescopio cuya capacidad óptica era mucho peor que la de unos prismáticos. Éstos, como sucede en un telescopio, son mejores cuanta más capacidad de captación de luz tienen, y eso depende del diámetro de sus lentes u objetivos. En el caso de los binoculares, ésto lo indica el segundo de los números. Por ejemplo, en unos 7X50, el 7 es el número de aumentos y el 50 el diámetro de cada una de las dos lentes en milímetros. Veremos, por tanto, estrellas y objetos celestes de brillo más débil con unos prismáticos con lentes de 50 que de 30. Respecto a los aumentos, es la gran diferencia entre binoculares y telescopios: los primeros suelen tener de 8 a 20, aunque los hay de 25, mientras que en los segundos, al poder intercambiar sus oculares, se pueden alcanzar los 150-200 en buenas condiciones. Pero no hay que engañarse, ya que se suelen mitificar las cosas acerca de los aumentos, y cuanto más ampliemos la imagen, menor campo óptico tendremos. Los telescopios pueden ser un recurso a largo plazo para quien quiera profundizar en la observación del cielo, pero esa duda sólo se resuelve mirando primero ahí arriba con nuestros propios ojos y, después, con unos prismáticos. Si quieres profundizar más para orientarte en el cielo, puedes leer también este artículo sobre constelaciones y estrellas de referencia.

Índice de artículos

"Aun a pesar de tener relojes rotos en los baúles, en las Nubes de Magallanes se guardan los más absolutos y recónditos momentos"

Carmen Cortelles

Estrellas y borrascas
Todos los derechos reservados.
© Vicente Aupí. Salvo indicación en contra todos los textos y las fotografías son del autor. Su uso o reproducción sólo se permite mediante la correspondiente autorización previa.
CONTACTO: vaupi@estrellasyborrascas.com