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ASTRONOMÍA

El Gran Debate y los universos isla

Heber Curtis defendió en el Gran Debate la naturaleza extragaláctica de M 31, la Nebulosa de Andromeda. (Foto: University of Michigan)

Harlow Shapley. Inicialmente creyó que el Universo se limitaba a la Vía Láctea, pero después fue uno de los grandes expertos en galaxias. (Foto: National Academies)

Estamos en año de aniversarios astronómicos. Algunos de los más sobresalientes son el centenario del mítico paso del cometa Halley, que envolvió a la Tierra con su cola en mayo de 1910 en medio de una psicosis mundial, y el descubrimiento de las cuatro lunas mayores de Júpiter por Galileo, que en enero de 1610 las vio girando alrededor del gigantesco planeta y se convenció, definitivamente, de que la Tierra no era el centro del Universo al comprobar que otras lunas orbitaban otros planetas.
Pero una de las efemérides cosmológicas que ha pasado más desapercibida a pesar de su trascendencia es el Gran Debate. Lo protagonizaron el 26 de abril de 1920 los astrónomos norteamericanos Harlow Shapley y Heber Curtis. Noventa años después, aquel episodio de la historia de la ciencia se considera como una de las grandes encrucijadas que permitió tomar el rumbo adecuado hacia la correcta concepción de las escalas cósmicas.

En esencia, lo que debatieron Shapley y Curtis fue el tamaño del Universo. El primero defendía que las escalas cósmicas se limitaban a la Vía Láctea, es decir, que el Universo no iba más allá de nuestra galaxia, a la que se atribuía un diámetro aproximado de unos 100.000 años luz. Sin embargo, Curtis sostenía que algunos objetos celestes difusos como las entonces llamadas nebulosas de Andromeda (M 31) y del Triángulo (M 33) no eran cuerpos celestes que pertenecían a la Vía Láctea, sino que realmente eran otras galaxias, otras “vías lácteas”, con lo cual el Universo debía ser mucho más grande de lo que se pensaba.

La carta de Hubble a Shapley

Las espadas se mantuvieron en alto hasta un día de 1924 en el que Shapley recibió asombrado una carta de Edwin Powell Hubble, quien llevaba años estudiando los objetos celestes de la discordia desde el observatorio californiano de Monte Wilson. En su misiva, Hubble comunicó a Shapley el descubrimiento de una estrella variable cefeida en M 31, lo que supuso que este objeto dejara de ser la Nebulosa de Andromeda y se convirtiera en la Galaxia de Andromeda. Para Shapley fue un golpe terrible, pero no sólo supo encajarlo adecuadamente, sino que en los años posteriores, admitido su error, se convertiría en uno de los principales especialistas mundiales en el estudio de galaxias.

Sabemos actualmente que el Universo está poblado por miles de millones de galaxias —algunas mucho más grandes que la Vía Láctea— que se agrupan en millones de cúmulos y supercúmulos de galaxias. El Cosmos es tan inconcebiblemente grande que es imposible observarlo en tiempo real; todo lo que vemos, hasta la imagen cotidiana de la Luna, es un recuerdo del pasado debido a las distancias cósmicas.

La luz de la Luna, a una distancia media de 384.000 kilómetros de la Tierra, tarda algo más de un segundo en llegar hasta nosotros. El Sol, en torno al cual gira nuestro planeta a una distancia media de 150 millones de kilómetros, tarda más de 8 minutos en alumbrarnos, y las luces del siguiente sistema estelar, que es el de Alfa Centauri, se retrasan 4,3 años en asomarse como pequeños puntitos luminosos en el firmamento austral.

Andromeda y la visión de Kant

La Galaxia de Andromeda, que es una espiral muy parecida a la Vía Láctea y una de las más cercanas a nosotros, se halla a 2,5 millones de años luz. Es un objeto sugestivo a través del telescopio, pero cuando observamos a través de él su aspecto difuso ahora somos conscientes de que esa imagen corresponde a hace 2,5 millones de años. Es decir, la vemos como era entonces, 2,5 millones de años atrás, porque su luz ha tardado todo ese tiempo en recorrer, a 300.000 kilómetros por segundo, los billones de kilómetros que separan la Galaxia de Andromeda de la Vía Láctea.

Curtis, Hubble y otros empezaron hace ocho décadas a poner las cosas en su sitio acerca de las escalas cósmicas, pero no fueron los primeros a los que se les ocurrió la idea de que aquellas nebulosas fueran galaxias remotas. El verdadero visionario fue el filósofo Immanuel Kant, quien en 1755 postuló acertadamente que Andromeda y todos esos objetos celestes eran “universos isla”, otros sistemas estelares diferentes a la Vía Láctea.

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