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ASTRONOMÍA

El Universo sin Dios de Stephen Hawking

Galaxia interactiva NGC 5754, fotografiada con el Telescopio Espacial Hubble. (Foto: NASA, ESA, the Hubble Heritage (STScI/AURA)-ESA, W. Keel-University of Alabama)

Portada del último libro de Hawking en su edición original en lengua inglesa.

La ha armado buena el cosmólogo Stephen Hawking con su nuevo libro, tirulado The Grand Design (El gran diseño), en el que excluye la idea de Dios como creador del Universo. Hasta ahora, el científico británico había pasado más bien de puntillas sobre este asunto, de forma que ni siquiera en su famosa obra Historia del tiempo se cerraba totalmente a la idea de la existencia de Dios, aunque ya era evidente que su pensamiento no iba en esa línea.

No voy a exponer aquí mis creencias personales acerca de la existencia de Dios, pero sí digo que Hawking está en su perfecto derecho de opinar lo que le venga en gana. Desde luego, si hay alguien en este planeta que conoce mejor que nadie lo que es el Universo —al menos hasta donde llega la ciencia a fecha de hoy-— ése es él. Quizá lo que deberíamos hacer no es plantearnos el debate de forma directa sobre Dios, sino más bien fijarnos en lo que sabemos en la actualidad sobre el Universo y la evolución que los conocimientos cosmológicos han tenido en los últimos 500 años. Tal vez ello nos aporte una buena reflexión, independientemente de lo que personalmente creamos sobre la posible existencia de un ente superior que gobierne las cosas.

Pensemos, por ejemplo, que hace tan sólo cinco siglos la humanidad estaba convencida de que la Tierra era el centro del Universo y creía que todo lo demás giraba alrededor de nosotros. Copérnico derribó en el siglo XVI ese modelo geocéntrico y apostó por un universo con su centro en el Sol, es decir, un modelo heliocéntrico. Su teoría también era errónea, pero revolucionó la ciencia demostrando que el planeta que habitamos no es el centro de todo.

Un universo inabarcable

Lo importante, sin embargo, es que ni siquiera hace un siglo del gran vuelco en las concepciones cosmológicas, que se dio en los años 20 del siglo XX, cuando comprendimos que el tamaño del Universo era inabarcable. De hecho, es imposible que sepamos en tiempo real lo que ocurre en el Cosmos, no ya en sus confines, sino también en nuestra propia vecindad. Lo que acontece en la estrella más próxima al Sol, que es Alfa Centauri, tardamos más de cuatro años en saberlo, porque ése es el tiempo que necesita la luz para recorrer la distancia hasta aquí a una velocidad de casi 300.000 kilómetros por segundo. Y los sucesos que ahora se producen en las regiones remotas del Universo, a distancias de miles de millones de años luz, serán, en todo caso, noticia de futuro, porque no podremos enterarnos de ellos hasta dentro de miles de millones de años, ya que la luz no puede recorrer el espacio con mayor rapidez.

En esencia, lo que se descubrió hace ahora unos 90 años es que el Universo no sólo se expande, sino que estábamos equivocados al creer que su límite era nuestra propia galaxia, la Vía Láctea. Aquella suposición ya abrumaba a numerosos astrónomos, porque el diámetro de la Vía Láctea es de unos 100.000 años luz. Pero los hallazgos de Edwin Powell Hubble y otros permitieron entender la increíble certeza de que hasta nuestra propia galaxia es un grano de arena en medio de un Cosmos poblado por miles de millones de galaxias agrupadas en cúmulos y supercúmulos. Es decir, que vivimos en un pequeño planeta que orbita una estrella enana perteneciente a una galaxia en la que hay al menos otros 150.000 millones de estrellas, y que esa galaxia sólo es una más entre miles de millones de ciudades estelares como ella.

La Tierra, un planeta cualquiera

Por otra parte, desde 1995 hemos podido desterrar también, por el método científico, la creencia de que la Tierra y nuestro sistema planetario en torno al Sol eran únicos. Aquel año, Didier Queloz y Michel Mayor descubrieron 51 Pegasi B, el primer exoplaneta, o se,a, un planeta que orbita una estrella dstinta al Sol. Actualmente se conocen ya más de 400 exoplanetas. En fin, que nuestra idea y conocimiento del Universo ha cambiado una barbaridad en los últimos siglos. Cabría preguntarse si nuestras ideas acerca de Dios han evolucionado de la misma forma.

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